The Important Question - A Message from ELIM
By Jesús Romero, Director of ELIM
Over the years, I’ve had countless conversations with people surprised by our commitment to serving the immigrant population. At ELIM, our hearts are open to immigrants, regardless of their legal status. In fact, we’ve helped many undocumented individuals regularize their immigration status, become permanent residents, and even gain citizenship.
I’ve heard the same kinds of questions repeated over time:
When will we finally reform this broken immigration system?
Why don’t immigrants come here legally?
How can we possibly regularize so many millions of undocumented people?
These are valid questions. Most of those who ask them are genuinely concerned about the difficult and often precarious circumstances immigrants face. They certainly deserve answers. But responding to those questions requires political or legal expertise, and I am neither a politician nor a lawyer. I am a Christian.
While it’s true that the U.S. immigration system is deeply flawed (and has been for decades), and that immigrants often can’t enter through legal channels because those doors have been deliberately and systematically closed, I believe that, as people of faith, we’re often starting with the wrong questions.
The undeniable fact is this: immigrants are here. They are part of our communities. They are on our doorsteps. And when that happens, the most pressing question for me isn’t a legal or political one—it’s this:
How will I receive the stranger who comes to my door?
That question demands a response rooted not in policy, but in faith.
To frame such a response, we must listen to Jesus and the Scriptures. In fact, caring for the immigrant is a central theme of the Bible. God doesn’t merely suggest we welcome them. He commands it. And not just once, but repeatedly, throughout both the Old and New Testaments (Leviticus 19:33-34; Deuteronomy 10:18; 24:19-21; Ezekiel 22:7; Matthew 25:31-46; Hebrews 13:2, among others).
The simplest reason I have for serving the immigrant community is that they are my neighbor.
There’s always a temptation to narrow the meaning of “neighbor”—to define it as someone just like me, someone I naturally get along with. But in the Gospel of Luke, a legal expert challenges Jesus with the question:
“And who is my neighbor?”
In response, Jesus tells the story we know as the Parable of the Good Samaritan.
A man is traveling from Jerusalem and is attacked, beaten, and left for dead. A priest and a Levite—both members of the religious establishment—see him but pass by. Then a Samaritan comes along. A foreigner. Someone whose ethnicity and culture were viewed as threatening by the Jewish society of the time. Yet it is this outsider who stops, has compassion, tends the man’s wounds, takes him to an inn, and ensures he receives care, promising to cover the costs himself.
Then Jesus turns the question back on the legal expert:
“Which of these was a neighbor to the man who was attacked?”
That religious scholar must have found it hard to swallow. If you believe that eternal life is found in loving God with all your heart, soul, strength, and mind, and in loving your neighbor as yourself, then you must be ready to love someone very different from you, simply because they live beside you.
Loving and serving immigrants doesn’t mean I ignore the political or legal complexities. It just means those concerns are secondary. The right question is not about policy. The right question is this:
What will I do when someone who is nothing like me shows up at my door?
At ELIM, we try to answer that question every day: by opening our doors, welcoming the stranger, sitting with them, listening to them, and helping them navigate their immigration journey as a tangible expression of love and service.
I believe that’s what Jesus would do.
SPANISH VERSION:
LA PREGUNTA IMPORTANTE
A lo largo de los años he tenido innumerables conversaciones con personas a quienes les llama la atención que sirvamos a la población inmigrante. En ELIM nuestro corazón está abierto a inmigrantes legales e indocumentados por igual. De hecho, hemos ayudado a muchos inmigrantes indocumentados a regularizar su estatus y llegar a ser residentes permanentes e incluso ciudadanos.
He aquí algunas de las preguntas que he oído con el paso del tiempo…
¿Cuándo vamos a reformar este disfuncional sistema de inmigración?
¿Por qué los inmigrantes no vienen aquí legalmente?
¿Cómo vamos a regularizar a tantos millones de inmigrantes indocumentados?
Estas preguntas son válidas y a la mayoría de quienes las hacen les preocupa en verdad la precaria situación en la que vive la población inmigrante.
El asunto es que responder a ellas obliga a articular una respuesta política o legal. Y yo no soy ni político ni abogado. Yo soy cristiano.
Si bien es cierto que el sistema migratorio de los Estados Unidos es claramente disfuncional (lo ha sido desde hace décadas) y que los inmigrantes que recibimos no vienen aquí por canales legales debido a que las puertas para ello han sido deliberada y sistemáticamente cerradas (desde hace mucho tiempo también), me parece que, como creyentes, nos planteamos en primera instancia las preguntas menos importantes.
El hecho incontestable es que estos inmigrantes vienen aquí y están aquí. Son parte de mi comunidad, están a mis puertas, y en el momento en que eso ocurre, la pregunta más insoslayable para mí es: ¿Cómo voy a recibir a estos extraños que vienen a mi puerta? La pregunta requiere, como punto de partida, una respuesta en función de mi fe y no de consideraciones políticas o legales.
Para articular una respuesta congruente con la fe es necesario escuchar a Jesús y las Escrituras. De hecho, cuidar a los inmigrantes es un tema central de la Biblia. Dios no sugiere que les abramos los brazos; lo ordena. Y no una, sino repetidas veces, tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento (Lev. 19:33-34; Deut. 10:18; 24:19-21; Ez. 22:7; Mt. 25:31-46; He. 13:2 son solo algunos ejemplos).
La razón más sencilla que encuentro para servir a la población inmigrante es el hecho de que ellos son mi prójimo. Y como siempre, la tentación a restringir el significado de las palabras y reducir al prójimo a aquel que es como yo en todo y con quien me siento más a gusto, está viva. En el Evangelio de Lucas, un cierto experto en las Escrituras tenía problemas con la definición de la palabra y le hizo la pregunta explícita a Jesús:
¿Quién es mi prójimo?
Jesús le responde contándole la historia que conocemos como la parábola del buen samaritano.
Un hombre venía de Jerusalén. Lo asaltan, lo golpean y dejan medio muerto. Un sacerdote y un levita (miembros los dos de la comunidad religiosa organizada) lo ven ahí, tendido y malherido, y pasan de largo. Luego llega un samaritano: el extranjero cuya etnicidad y cultura son vistas como una amenaza para la cultura judía de la época, y es él quien sorprendentemente se apiada, proporciona primeros auxilios al hombre, lo lleva a un mesón y le encarga su curación al mesonero, dejándole instrucción de que él sufragará todos los gastos cuando regrese.
Y es entonces que Jesús le devuelve la pregunta al experto en las Escrituras:
¿Quién es el prójimo del hombre asaltado?
Aquel experto en teología debió haber pasado un trago amargo cuando Jesús lo confrontó con sus propias actitudes hacia los demás. Si estás convencido de que para heredar la vida eterna debes amar a Dios con todo tu corazón, toda tu alma, todas tus fuerzas y toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo, debes estar listo para amar a quien es completamente diferente a ti, pero que vive junto a ti.
Amar y servir a la población inmigrante no significa que las aristas políticas y legales de su situación no me incumban ni me interesen. Es solo que estas consideraciones son secundarias. La pregunta correcta para mí es: ¿Qué voy a hacer con quien viene a mi puerta y es tan diferente a mí en todo?
Mi trabajo diario en ELIM es el intento por darle cuerpo a la respuesta correcta: Abrirles a estos extranjeros la puerta, invitarlos a casa, sentarme con ellos, escucharlos, y tratar de hallar alivio a su situación migratoria como forma concreta de amor y servicio.
Creo que eso es lo que Jesús haría.